Dirección
espiritual
P. Juan Capó
Con la dirección
espiritual no pretendemos obtener
únicamente el control dirigido. Una
barrera que se oponga a la expansión de la vida en un sentido dado.
Un cauce que atenúe la personalidad en un encajonamiento estéril
de mi manera de ser. La
dirección espiritual, además de control y defensa, es orientación, es
gestación de una personalidad, es la creación de nuevas formas de ser.
Por esto contra la piedad “ritualista“ de los clásicos
“beatos“ debe surgir, gracias a una orientación certera y eficaz, el
“hombre“. El que sabe
vivir un criterio. El
que sabe convertir en substancia propia las grandes ideas creadoras.
Por eso debemos proclamar muy alto que no basta el dejarse guiar.
Los directores no crean nueva vida. El
propio sujeto forjará su espíritu, dejando actitudes pasivas, con un
trabajo personal, irreemplazable, por los caminos y según los medios que
su director le señale.
La dirección espiritual
no es un sustitutivo de nuestra vergonzante pereza. No puede
sustituir en manera alguna aquellas prácticas que consideramos esenciales
si queremos que la religión cale hondo adquiriendo reciedumbre y plenitud
de cosa lograda.
¿Cómo cumples tu hoja de servicio, tu “Cristo cuenta contigo“, tus
tradicionales deberes piadosos?
El director no es un
amigo. No es una moda.
No es un rato de amigable charla, ni siquiera la advertencia o el
aviso de tu Consiliario.
El director es la voz del
Maestro que te llama. Son los
ojos de Dios que te siguen. Es
la confidencia íntima, exultante o desgarradora, en donde afloran las
alegrías íntimas y las tragedias hondas.
En donde se perfilan los caminos de la Gracia.
En donde se destaca neta, sin confusionismos ni sombras, la gráfica
del alma. En donde yo, en
desnudez del alma, presento mi realidad y busco mi camino.
¿Te tocaba hoy ir a
visitar a tu Director Espiritual? ¿Cuándo irás?
Septiembre 1949 Proa -
No. 130