LA
CUARESMA
Consideramos
la Cuaresma como un tiempo preparatorio al tiempo pascual. Ciertamente es
así, pero sería una visión pobre si no profundizáramos en lo que es y
debe ser, y quiere la Iglesia que sea. La Cuaresma es recuerdo, es ascesis,
es camino.
Es
recuerdo porque nuestra fe encuentra su sentido en la palabra, vida y
hechos del Señor. Pero este recuerdo no se ciñe a lo que pasó, sino que
debemos tener presente que Cristo vive. Es un recuerdo operante y que
encuentra en la resurrección del Señor una permanencia entre nosotros
hasta la consumación del tiempo. Es recuerdo sin duda, pero recordar lo
que hizo posible la presencia salvadora de Jesús. Con San Ignacio debemos
repetir que Cristo “por mí se ha hecho hombre” Se trata de un
recuerdo presencia.
Es
ascesis, o sea lucha, y esfuerzo por corregir lo desordenado, mejorar las
metas positivas, replantear nuestra entrega cristiana. La hierba mala
crece en el campo de nuestra vida, y la Cuaresma nos recuerda e impulsa a
la tarea de limpiar de escollos nuestra conciencia. Ascesis es someterse
al entrenamiento cristiano. Es reconocer, proponer y corregir. Una
cuaresma sin ascesis es tiempo muerto, es vana complacencia, es pérdida
de oportunidad. Sería un error pensar que los puntos destacados en la
Cuaresma sólo son para este tiempo. Recordar y vivir que Cristo “por mí
se ha hecho hombre”, como la lucha cristiana, debe continuar en todos
los tiempo.
La
Cuaresma es camino. Vamos hacia Cristo, hacia lo eterno. El recorrido de
la historia sólo tiene sentido cuando se proyecta hacia lo definitivo.
El
amor agradecido es la fuerza que nos motiva a vivir una cuaresma que es
recuerdo-presente, ascesis y camino, y mirar el futuro como una cuaresma
permanente hasta que lleguemos a la meta: Cristo Jesús.