Archivo de Mensajes de Padre Capó


¿Por qué, papá Dios?

Publicado en Enero 2009
El impacto de la muerte del niño Eliezer hizo exclamar a un corazón atormentado: “¿Por qué, papá Dios?

Muchos, y muchas veces, nos hacemos la misma pregunta.  No dudamos del amor que Dios nos tiene: que nos creó para la felicidad; que no perdonó a su propio Hijo, Jesucristo, por abrirnos el camino de la salvación; que al enviarnos a Jesús, el Hijo, nos introdujo en su familia, y podemos exclamar confiadamente que “somos hijos del Padre, hermanos de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo”.

En sus manos “vivimos, nos movemos y existimos” individual y colectivamente. Nada escapa a su providencia, y ello justifica nuestra exclamación: “¿Por qué, papá Dios”.

Sería interminable el recuento de un solo día de calamidades individuales, familiares y sociales. Los millones de niños, que mueren de desnutrición, son hijos de Dios; los genocidios, las guerras, los pobres sin “el pan de cada día”; los millones de hijos asesinados, legitimada su muerte por leyes inicuas, llamadas con descaro “leyes progresistas”; la falta de respeto a la propia dignidad del hombre; el desprecio a la vida; el síntoma de descomposición moral que supone el número de adolescentes convertidas en madres solteras: como los israelitas al pie del Sinaí, hemos levantado un becerro de oro a quien rendir culto: al poder del dinero.  Ante este cuadro repetimos y repetiremos: “¿Por qué, papá Dios?”

Los que creemos en el amor de Dios nos sumergimos seguros en el misterio. ¿Cuántos nos echarán en cara la ausencia de Dios? Muchos acusarán a nuestro Dios de permitir o querer tal desbarajuste. Escribo hoy que es Navidad. Ello induce a preguntar ¿Por qué permitiste la dolorosa tragedia  que supuso el nacimiento de Jesús?

La fe nos da respuesta adecuada. Dios concedió al hombre el don máximo que podía darle: la libertad, el libre albedrío. El Dios omnipotente, creador y providente, limitó su poder y se puso como límite la libertad del hombre. En el mal uso de esta libertad, en la avaricia y ambición, en el odio y la pasión, el hombre reta a Dios, destruye la naturaleza, y se cree constructor de un mundo que se inventa. ¿Quién provoca el cambio climático? La avaricia del hombre; ¿Quien provoca la hambruna de Afrecha y la pobreza de occidente? La ambición y afán de poder del hombre; ¿Quién es responsable de las 67 esposas o compañeras asesinadas (sólo en España) por su pareja? La pasión irracional del corazón humano.

Dios, valga la expresión, se ató sus manos al dotar al hombre de lo que lo hace “hombre”: la libertad. San Pablo en la carta a los Romanos (8, 18ss) nos dice que la creación entera (el mundo en todos sus aspectos materiales) “espera la libertad de los hijos de Dios”, porque fue sometida, no de grado, sino por fuerza a la vanidad de los hombres. Dios en su amor quiso recomprar la creación vendida al desorden y envió a su Hijo para recobrar por amor, lo que no quiso hacer por poder sin privar al hombre de su libertad, destruyendo la obra principal de la creación: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Sólo “poniendo los ojos fijos en Jesús” superaremos el peso del pecado, dominaremos el instinto desordenado, podremos amar al prójimo y viviremos el gozo de la esperanza.

Podemos poner orden en nuestro mundo interior, porque “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rom 8,26). Nuestra tarea apostólica es devolver la libertad al hombre, hipotecada por el instinto desbocado, ayudándole a encontrar la verdad de la vida en la aceptación del amor que Cristo le ofrece.

¿Por qué, papá Dios? Pregúntalo al hombre, pregúntatelo a ti, y “pon los ojos fijos en Jesús”